El problema no es el PDF de Abelardo… es que hay gente tomándoselo en serio

El problema no es el PDF de Abelardo… es que hay gente tomándoselo en serio

Por: Eduardo Delgado Galvis

En Colombia ya casi nada sorprende. Hemos normalizado tanto el absurdo político que un abogado mediático, sin experiencia en administración pública, sin trayectoria institucional y con un “plan de gobierno” de apenas tres páginas, hoy puede perfilarse como una opción presidencial seria simplemente porque promete gritar más duro y castigar más fuerte.

Pero el problema no es que el programa de gobierno de Abelardo de la Espriella tenga tres páginas. Un buen plan puede ser breve y uno extenso puede ser basura burocrática encuadernada. El verdadero problema es otro: que en tres páginas logra condensar una visión peligrosamente simplista, emocional y autoritaria del Estado colombiano.

Su documento, bautizado con el tono épico de “La Patria Milagro”, parece menos un programa presidencial y más una mezcla entre manifiesto de campaña permanente, sermón patriótico y catálogo de frases de guerra fría recicladas para TikTok político. Habla de “salvar la patria”, “limpieza institucional”, “bloques de búsqueda”, “enemigos de la República” y “los nunca”, como si Colombia estuviera esperando un redentor y no un presidente sometido a límites constitucionales.

Y ahí aparece el primer gran riesgo de esta candidatura: la peligrosa romantización del caudillo.

Porque De la Espriella no está construyendo una propuesta técnica de gobierno; está construyendo un personaje. El abogado furioso. El patriota incorruptible. El hombre que “dice las cosas como son”. El outsider que viene a salvar el país de “los mismos de siempre”. Aunque, paradójicamente, lleve años orbitando alrededor de las mismas élites políticas, económicas y judiciales que dice combatir.

La contradicción ética es monumental.

Resulta difícil escuchar discursos de “mano firme contra la corrupción” de alguien cuya carrera pública ha estado marcada por la defensa de personajes vinculados a mafias políticas, parapolítica, narcotráfico y estructuras criminales. Por supuesto, todo acusado tiene derecho a la defensa. Ese no es el debate. El problema aparece cuando alguien pretende construir superioridad moral absoluta después de haber convertido precisamente ese ecosistema de poder y criminalidad en parte de su notoriedad pública y mediática.

Porque De la Espriella no surgió enfrentando al sistema. Surgió dentro de él. Alimentándose de él. Capitalizando mediáticamente sus escándalos. Y ahora pretende venderse como la vacuna contra el mismo virus del que obtuvo visibilidad nacional.

Pero más preocupante aún es la superficialidad técnica de muchas de sus propuestas.

Su programa promete simultáneamente:

  • Reducir el tamaño del Estado en una cuarta parte.
  • Bajar impuestos.
  • Construir megacárceles.
  • Fortalecer capacidades militares.
  • Subsidiar vivienda al 2% por 30 años.
  • Aumentar inversión en salud.
  • Ampliar infraestructura.
  • Financiar programas sociales.
  • Impulsar tecnología.
  • Modernizar educación.
  • Fortalecer seguridad rural.
  • Crecer al 7% anual “como Corea del Sur y Singapur”.

Todo eso mientras habla de un ajuste fiscal de 70 billones de pesos.

En otras palabras: menos Estado, menos impuestos y mucho más gasto público.

La fórmula económica parece escrita por alguien convencido de que el presupuesto nacional funciona con motivación, testosterona y frases épicas en mayúscula.

El documento menciona cifras, sí. Muchas cifras. Pero citar números no equivale a construir política pública seria. Un plan económico no se sostiene porque escriba “crecimiento del 7%” en un PDF. Se sostiene explicando cómo se logra sin destruir el equilibrio fiscal, sin disparar deuda, sin deteriorar derechos laborales y sin convertir la administración pública en una motosierra ideológica.

Porque eso también hay que decirlo: detrás del discurso de “eficiencia” suele esconderse algo mucho más viejo y mucho más peligroso. La idea de que el problema del país no son las estructuras de desigualdad, corrupción o concentración económica, sino simplemente que “falta autoridad”.

Y Colombia ya conoce demasiado bien esa narrativa.

La conoce desde décadas de políticas de seguridad que prometieron orden mientras el narcotráfico seguía infiltrando instituciones. La conoce desde gobiernos que hablaban de patriotismo mientras las regiones seguían abandonadas. La conoce desde dirigentes que juraban defender la República mientras perseguían opositores, debilitaban controles y convertían el miedo en herramienta política.

Por eso preocupa tanto el tono del documento.

No es casual que esté obsesionado con conceptos como “destruir”, “recuperar”, “limpieza”, “enemigos”, “control territorial”, “monopolio de las armas”, “bloques de búsqueda” y “erradicar”. Más que una visión compleja del Estado moderno, el texto transmite una fantasía de restauración autoritaria en la que el país se arregla endureciendo el lenguaje y ampliando el músculo coercitivo.

La seguridad es necesaria. Evidentemente. Colombia enfrenta crisis reales de violencia, narcotráfico, extorsión y control territorial criminal. Negarlo sería ridículo. Pero otra cosa muy distinta es vender la idea de que la solución consiste únicamente en militarización, fumigación y retórica de guerra permanente.

Especialmente cuando el mismo documento propone acelerar licenciamientos ambientales, flexibilizar consultas y avanzar hacia explotación de yacimientos no convencionales —es decir, fracking— bajo la narrativa de “seguridad energética”.

Ahí aparece otro rasgo profundamente preocupante: la reducción de debates ambientales complejos a simples obstáculos ideológicos.

Porque el fracking no es únicamente un debate energético. Es un debate sobre agua, sostenibilidad, impacto territorial, riesgos sísmicos, dependencia extractiva y modelo económico. Pero en el documento de De la Espriella todo se simplifica en una lógica binaria: quien cuestiona esas políticas es enemigo del progreso.

Ese es precisamente el problema del populismo de mano dura: convierte cualquier discusión técnica en una batalla moral entre patriotas y enemigos.

Y mientras tanto, la realidad sigue siendo mucho más compleja que un slogan.

Tal vez lo más inquietante de todo no sea el propio Abelardo de la Espriella. Colombia ha tenido figuras estridentes antes. El verdadero síntoma preocupante es que un sector importante del país empieza a sentirse seducido por este tipo de liderazgo emocional, maximalista y simplificador.

Un liderazgo donde la experiencia administrativa importa menos que la capacidad de viralizar frases fuertes. Donde el patriotismo performático pesa más que la viabilidad técnica. Donde el grito reemplaza al argumento. Y donde el candidato más “duro” parece automáticamente el más preparado.

Ese deterioro del debate público debería preocuparnos mucho más que el número de páginas de un PDF.

Porque gobernar un país no es litigar un caso mediático. No es hacer videos furiosos. No es posar como sheriff institucional. Y definitivamente no es administrar una nación de 52 millones de personas como si fuera un monólogo permanente de televisión política.

Colombia necesita discutir seriamente sus problemas de seguridad, corrupción y crecimiento económico. Pero hacerlo desde el miedo, la simplificación y el culto al hombre fuerte históricamente termina igual: más polarización, más frustración y menos democracia.

Y quizás ahí está la ironía más grande de todas.

Abelardo de la Espriella promete salvar la República mientras construye una narrativa política que, poco a poco, normaliza exactamente aquello que más debería alarmarnos: la idea de que las instituciones estorban cuando aparece alguien suficientemente convencido de que él, y solo él, sabe cómo arreglar el país.

Y eso, aunque venga envuelto en patriotismo y tendencias de TikTok… nunca termina bien.

Eduardo Delgado Galvis es comunicador social, diseñador gráfico y estratega de comunicación digital. Columnista con interés en la lectura crítica del entorno político, social y cultural, aborda la actualidad desde una mirada analítica y contemporánea, conectando la comunicación con las dinámicas digitales y los relatos que configuran lo público.

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