La Patasola en el tarjetón

La Patasola en el tarjetón

Los campesinos colombianos cuentan que La Patasola no aparece mostrando su verdadero rostro.

Si lo hiciera, nadie la seguiría.

La leyenda dice que se presenta hermosa, seductora, irresistible. Aparece en medio de los caminos, en las montañas y en la espesura del monte. Habla suave. Promete atajos. Promete ayuda. Promete seguridad. Y cuando el viajero decide seguirla, descubre demasiado tarde que iba caminando hacia su propia desgracia.

Quizá por eso La Patasola sigue siendo una de las leyendas más vigentes de Colombia.

Porque no habla de monstruos. Habla de la facilidad con la que los seres humanos podemos confundir una promesa con una solución. Y eso debería hacernos pensar en las elecciones que enfrentaremos en los próximos días.

Durante semanas, el país ha escuchado promesas de autoridad absoluta, mano dura, militarización, megacárceles, fumigaciones, fracking y confrontación permanente.

Promesas presentadas como respuestas simples a problemas extraordinariamente complejos. Promesas que suenan atractivas cuando la inseguridad preocupa, cuando la economía angustia o cuando la frustración se convierte en rabia.

Pero Colombia ya recorrió ese camino. Y sabe perfectamente adónde conduce.

Durante décadas nos dijeron que la violencia podía derrotarse únicamente con más violencia. Nos dijeron que los derechos humanos eran un obstáculo, que la paz era ingenuidad, que la naturaleza era un recurso que debía explotarse sin demasiadas preguntas.

Los resultados están escritos en nuestra historia.

Más de nueve millones de víctimas registradas por el conflicto armado. Millones de desplazados. Miles de desaparecidos. Comunidades enteras destruidas por la guerra. Generaciones completas creciendo entre el miedo y la incertidumbre.

Por eso resulta tan preocupante que una parte de Colombia parezca nuevamente dispuesta a dejarse seducir por discursos que prometen soluciones inmediatas para problemas que llevan décadas acumulándose.

Porque el problema de las promesas fáciles es que rara vez sobreviven al encuentro con la realidad.

Por eso esta elección no debería decidirse únicamente entre candidatos. Debería decidirse entre dos formas radicalmente distintas de entender el futuro.

Una apuesta por profundizar la democracia, ampliar derechos, fortalecer la paz, proteger la biodiversidad y continuar una transición energética que el mundo entero considera inevitable.

La otra apuesta por regresar al extractivismo como modelo económico, por la militarización como respuesta principal a los conflictos sociales y por una visión política donde la autoridad parece importar más que las garantías democráticas.

No se trata de afirmar que Iván Cepeda sea perfecto.

No lo es.

Ningún proyecto político lo es.

Su campaña ha cometido errores. Ha tenido dificultades para conectar con sectores del país. Ha enfrentado el desgaste natural de un gobierno sometido a una oposición feroz y a sus propias contradicciones.

Pero incluso quienes han sido críticos del Gobierno deberían preguntarse algo elemental. ¿Los errores que hemos cometido justifican entregar el país a un proyecto político que representa exactamente aquello que durante años dijimos querer superar?

Porque eso es lo que realmente está en juego.

No una elección. No una campaña. No una disputa entre políticos.

Lo que está en juego es la dirección moral del país.

Y aquí aparece otro problema que debería preocuparnos.

La abstención.

Históricamente, cerca de la mitad de los colombianos habilitados para votar no lo hacen. Millones de personas renuncian voluntariamente a participar en la decisión más importante de una democracia.

Después observan los resultados. Se indignan. Critican. Se lamentan. Pero ya es demasiado tarde. Porque la democracia tiene una regla sencilla. Quienes no votan terminan siendo gobernados por quienes sí lo hacen.

Por eso esta elección exige algo más que opiniones en redes sociales. Exige participación. Exige memoria. Exige responsabilidad. Exige entender que los derechos conquistados pueden perderse.

Que los avances sociales pueden retroceder. Que la protección ambiental puede desmontarse. Que la paz puede deteriorarse. Y que la democracia nunca está garantizada para siempre.

La Patasola sigue apareciendo en los caminos colombianos.

No porque exista.

Sino porque seguimos siendo vulnerables a las mismas promesas que ya nos hicieron perdernos antes. La diferencia es que esta vez no la encontraremos en la montaña, la encontraremos en el tarjetón.

Y cuando llegue el momento de elegir, Colombia tendrá que decidir si vuelve a seguir la voz que promete atajos o si, por fin, aprende a reconocer hacia dónde conduce realmente el camino.

Nos vemos en las urnas.

Eduardo Delgado Galvis es comunicador social, diseñador gráfico y estratega de comunicación digital. Columnista con interés en la lectura crítica del entorno político, social y cultural, aborda la actualidad desde una mirada analítica y contemporánea, conectando la comunicación con las dinámicas digitales y los relatos que configuran lo público.

Publicaciones Relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *