La Colombia que podemos perder: entre la vida y la amenaza

La Colombia que podemos perder: entre la vida y la amenaza

Por: Eduardo Delgado Galvis

Hay elecciones que definen gobiernos.

Y hay elecciones que definen épocas.

La segunda vuelta presidencial que hoy enfrenta Colombia pertenece a la segunda categoría.

Porque, más allá de los nombres, de las campañas, de las encuestas y de la polarización habitual, lo que está en disputa no es simplemente quién ocupará la Casa de Nariño durante los próximos cuatro años. Lo que está en disputa es la idea misma de la Colombia que queremos construir.

Por un lado, una propuesta que, con errores, contradicciones y desafíos evidentes, plantea la continuidad de un proyecto político que ha puesto sobre la mesa debates que durante décadas fueron considerados imposibles: la transición energética, la defensa de la vida, la reforma social, la justicia ambiental, el reconocimiento de las víctimas, la dignidad humana como eje de la política pública y la búsqueda de una paz que deje de ser una promesa para convertirse en realidad.

Por el otro, una candidatura que se alimenta del miedo, de la nostalgia por la mano dura, de la idea de que los problemas complejos pueden resolverse a punta de autoridad, cárceles, fumigaciones, militarización y discursos de confrontación permanente.

Y por eso esta elección importa tanto.

Porque el país que podríamos perder no es perfecto. Pero es infinitamente mejor que el país al que podríamos regresar.

Durante décadas, Colombia fue un país acostumbrado a convivir con la guerra como paisaje cotidiano. Nos acostumbramos a los desplazamientos, a las masacres, a los asesinatos de líderes sociales, a las desapariciones, a las amenazas, a la violencia política y a la idea de que la seguridad justificaba cualquier cosa.

Nos acostumbramos a escuchar que la paz era una ingenuidad. Que los derechos humanos eran un obstáculo. Que las víctimas eran un asunto secundario. Que la naturaleza estaba para explotarla. Que la política era un negocio de élites.

Y que el poder debía ejercerse desde el miedo.

Lo más inquietante de Abelardo de la Espriella no son únicamente sus propuestas. Es el país que imagina.

De la Espriella no representa una ruptura con las viejas formas de hacer política. Representa su restauración.

Representa el regreso de una visión de país donde los problemas sociales se resuelven con fuerza. Donde la crisis ambiental se enfrenta perforando más. Donde la desigualdad se combate reduciendo el Estado. Donde la paz se reemplaza por la confrontación. Donde la política se reduce a una batalla permanente entre dos bandos de un mismo país.

Ese lenguaje no es nuevo.

América Latina está llena de ejemplos de líderes que prometieron orden, autoridad y salvación nacional. Casi todos terminaron dejando instituciones más débiles, sociedades más polarizadas y democracias más frágiles.

Porque el autoritarismo nunca llega anunciándose como autoritarismo. Llega disfrazado de eficiencia. Llega vestido de patriotismo. Llega prometiendo seguridad.

Llega diciendo que los problemas son demasiado graves para seguir perdiendo tiempo con derechos, garantías y controles institucionales. Y cuando la sociedad se da cuenta de lo que ha perdido, normalmente ya es demasiado tarde.

Sus referentes políticos internacionales son figuras como Javier Milei y Nayib Bukele. Y aunque cada país tiene contextos distintos, la admiración no es casual.

Comparten una misma visión del poder: líderes fuertes, instituciones débiles, respuestas simples para problemas complejos y una narrativa permanente de enemigos a los que hay que derrotar.

Pero Colombia ya sabe lo que ocurre cuando la política se construye sobre enemigos.

Lo sabe porque ha vivido décadas enteras atrapada entre guerras ideológicas, violencias armadas y discursos que dividieron al país entre buenos y malos.

Lo sabe porque miles de familias todavía buscan a sus desaparecidos. Porque miles de víctimas siguen esperando justicia. Porque cientos de líderes sociales continúan siendo asesinados por defender sus territorios.

Porque la violencia nunca desaparece cuando se le alimenta. Solo cambia de uniforme.

También preocupa la ligereza con la que se plantea el regreso del fracking como una solución económica.

En un mundo que avanza hacia energías renovables y transición energética, insistir en profundizar la dependencia de los combustibles fósiles no es una apuesta por el futuro. Es una apuesta por prolongar el pasado.

Colombia es uno de los países más biodiversos del planeta. Posee cerca del 10 % de la biodiversidad mundial. Sus páramos abastecen de agua a millones de personas. Sus bosques son estratégicos para la estabilidad climática global.

Sin embargo, la lógica extractivista sigue viendo esos ecosistemas como obstáculos para el desarrollo y no como activos fundamentales para la supervivencia.

La discusión no es simplemente ambiental. Es civilizatoria.

¿Qué vale más? ¿La rentabilidad inmediata o la posibilidad de dejar un país habitable para las próximas generaciones?

Esa pregunta también estará en el tarjetón. Y estará junto a otra igual de importante: ¿qué entendemos por seguridad?

Porque Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella ofrecen respuestas radicalmente distintas.

Mientras uno insiste en fortalecer la paz, la inversión social, los derechos humanos y la presencia integral del Estado, el otro insiste en que la solución está principalmente en la fuerza, las cárceles y la confrontación.

La historia reciente de Colombia demuestra que la seguridad sin justicia social es apenas una tregua temporal. Y que ninguna sociedad logra estabilidad duradera cuando abandona a millones de ciudadanos a la pobreza, la exclusión y la desesperanza.

Por supuesto, el proyecto político que hoy representa Iván Cepeda no es perfecto. Ningún proyecto humano lo es.

Ha cometido errores. Ha enfrentado obstáculos. Y tiene enormes retos por delante.

Pero existe una diferencia fundamental.

Sus propuestas parten de una premisa profundamente democrática: que la vida debe estar en el centro de las decisiones públicas. La vida de los jóvenes. La vida de los campesinos. La vida de las mujeres. La vida de las comunidades étnicas. La vida de los líderes sociales. La vida de los ecosistemas. La vida como principio político. LA VIDA.

Y aunque parezca una idea sencilla, en un país que durante décadas normalizó la muerte, es una revolución ética.

Por eso esta segunda vuelta no debería decidirse desde la rabia. Ni desde el miedo. Ni desde la nostalgia. Debería decidirse desde la memoria.

Porque los pueblos que olvidan terminan repitiendo sus tragedias. Y Colombia ha pagado demasiado caro cada vez que ha confundido autoridad con democracia, fuerza con justicia y castigo con solución.

Esta elección no definirá únicamente quién será presidente. Definirá si seguimos intentando construir un país más justo, más incluyente y más humano. O si decidimos volver a recorrer caminos que ya conocemos demasiado bien.

El país que podemos perder no es perfecto. Todavía está lleno de deudas, desigualdades y desafíos. Pero sigue siendo un país que intenta avanzar.

Y Colombia ha pagado demasiado caro cada vez que ha confundido autoridad con democracia, fuerza con justicia y castigo con solución.

La verdadera pregunta es: ¿qué país queremos dejarles a quienes vienen detrás?

Uno que siga apostando por la vida, la paz, la justicia social y la protección de la naturaleza. O uno que vuelva a creer que la fuerza, el extractivismo y la confrontación permanente son suficientes para resolver problemas que llevan décadas acumulándose.

Ese es el país que podemos perder.

Y quizá también sea la última oportunidad que tengamos de defenderlo.

Eduardo Delgado Galvis es comunicador social, diseñador gráfico y estratega de comunicación digital. Columnista con interés en la lectura crítica del entorno político, social y cultural, aborda la actualidad desde una mirada analítica y contemporánea, conectando la comunicación con las dinámicas digitales y los relatos que configuran lo público.

Publicaciones Relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *